Aug 14
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Perfil de una mujer condenada a morir.

La Directora de la Penitenciaría era tan confiada y creía tanto en los presos que la rodeaban que no hizo caso a la advertencia de un guía de que la iban a matar.

 Dos carteles poco llamativos anuncian con letras pintadas a mano, el inicio de talleres de teatro y música en un apartado barrio del suburbio de Guayaquil. Los afiches, confeccionados en cartulina blanca, están pegados en el muro, color verde, de una vivienda de dos plantas donde hace tres meses se creó una fundación.

El inmueble ubicado en las calles 21 y Oriente, donde ha crecido desmedidamente una enredadera que ha cubierto casi por completo la reja de ingreso y cuyo verdor se entrelaza con un arbusto del que brotan brillantes flores rojas, de las llamadas peregrinas, no es un lugar cualquiera. Es la casa que por 21 años ocupó Soledad Rodríguez, la ex directora de la Penitenciaría del Litoral, quien el 27 de abril de este año fue acribillada con 5 balazos dirigidos por supuestas mafias con las que ella lidió los últimos años.

Luego de la muerte de la funcionaria, la residencia fue donada por sus hijos Vicente y Amanda Arboleda, para que allí operara la fundación llamada “Soledad Rodríguez”.

De no ser porque el nombre de tan apreciada moradora aparece en una enorme guindola roja colocada en lo alto de la vivienda, los cursos que se iniciaron el 3 de agosto, habrían pasado desapercibidos.

Amante del arte
La verdad es que, pese a los anuncios, a nadie en el sector le interesó inscribirse en dichos talleres de arte que se abrieron en homenaje a Rodríguez, una amante empedernida del teatro y la música clásica de Tchaikovski.
Su amor por la actuación la llevó a personificar obras del teatro griego. Fueron muy pocos quienes llegaron a conocer esa faceta de Soledad, quien a los 18 años no solo formó parte del elenco teatral del Consejo Provincial del Guayas, sino que inclusive dirigió al grupo de teatro José de la Cuadra.

En su hogar había un sitio exclusivo para sus libros y sus discos. Unos cuantos están en poder de su hija Amanda, licenciada en jurisprudencia, de 25 años, quien conforma la comisión que investiga la muerte de su madre. Otros quedaron para uso de la fundación. No solo estaban los discos de música clásica, sino además los de la llamada nueva trova cantada por sus artistas favoritos: Víctor Heredia y Víctor Jara.

Soledad volaba con las letras de las canciones románticas de Leonardo Favio y soñaba con cualquier poemario que caía en sus manos.

Libros como “La guerra de los mundos” y “El paraíso en la otra esquina”, escrito por Mario Vargas Llosa, fueron sus textos predilectos. Gustaba además de leer a Carpentier y a los autores rusos como Tolstoi o Dostoievski.
Leyó todo sobre el marxismo y a filósofos como Engels y Carlos Marx. Las obras de griegos como Eurípides. Se conocía de memoria la historia de la revolución francesa y del medioevo.

Ideas izquierdistas
Cuatro años después -a los 22-, y ya graduada de Socióloga en la Universidad de Guayaquil, Rodríguez tuvo que dejar de lado su pasión por el arte histriónico y creó una facción del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), del que fue militante desde que tenía 17 años. Su tendencia estaba apegada a la organización popular.

Al cumplir los 25 trabajó como promotora en el proyecto del Centro de Desarrollo Comunitario (Cedco) auspiciado por las Naciones Unidas. Su trabajo consistía en visitar las comunidades en la Sierra, Costa y Oriente dando talleres y charlas de desarrollo de gestión comunitaria. Los recorridos siempre los hizo en compañía de su hija Amanda, quien en ese entonces contaba con 4 años de edad.

Para esa época Soledad estaba separada de su esposo Vicente Arboleda.
Posteriormente se candidatizó para diputada por el Frente Amplio de Izquierda (FADI), pero perdió las elecciones.

Ingreso a la Penitenciaría
Dos años más tarde y ya como miembro de los Derechos Humanos, entra a laborar al área administrativa de la Penitenciaría del Litoral. Su ingreso fue durante el gobierno de León Febres-Cordero. Una de las primeras cosas que hizo en su trabajo social, fue invitar a la comisión de Derechos Humanos para que vieran en que condiciones estaban varios presos políticos. Aquello le valió que le balearan la casa.

Su ideología de izquierda, y sus ideas socialistas tenían como propósito ayudar a todos por igual y tratar a las personas como verdaderos seres humanos.

Por eso se dedicó de lleno a su trabajo dentro de la Penitenciaría, donde por tres ocasiones fue designada Directora encargada. Dentro del centro carcelario logró ganarse el respeto y el cariño de sus compañeros y de los presos, quienes la llamaban madrina, porque siempre salió en defensa de los que menos apoyo tenían.

Era intransigente ante la prepotencia. No soportaba el trato déspota hacia los más débiles. Quienes la conocieron la catalogan como una mujer valiente que se desenvolvía y caminaba sin temor alguno junto a los más peligrosos hampones y asesinos.
Su mayor defecto era ser confiada. Sabía que su labor estaba apegada a ayudar a rehabilitar a los internos, por eso prestó poco crédito al consejo que le diera el guía Ángel Vera de andar con cuidado porque había escuchado que “desde adentro” tramaban un atentado en contra de ella. El supuesto ataque, era por trasladar a la cárcel de Quito a dos peligrosos sujetos: William Poveda Salazar (a) “Cubano” y José Raúl Castro Ortiz (a) “Caballo”.

Vera tuvo razón. Dos días después de haberla alertado, Soledad fue asesinada a pocos metros de su vivienda. Las investigaciones policiales señalan a William Poveda, como el autor intelectual del asesinato.

Sus logros
Fue una de las fundadoras del colegio Eugenio Espejo que funciona en la Penitenciaría. En ese centro de estudios un gran número de internos logró ser alfabetizado y culminar el bachillerato. Organizó los talleres de ebanistería y de tapicería, además de los festivales de música y teatro en el Centro Cívico.

Aunque no era religiosa, coordinó todo el trabajo penitenciario en el que estaban inmersas las iglesias evangélicas, las fundaciones y las ONG. Era quien coordinaba especialmente el programa de rehabilitación denominado Concepto azul, dedicado a la crianza de tilapias, caracoles, tortugas y cuyes.

En el año 2001 fue nombrada Directora encargada de la cárcel de mujeres. Al igual que en la cárcel de varones, implementó el mismo trabajo con grandes resultados. Logró con mucho esfuerzo que 70 internas crearan microempresas en la prisión dedicadas a la costura, manualidades, confección, pastillaje y huertos.
Los cursos de capacitación fueron dictados por la Escuela Politécnica del Litoral (Espol) y la Corporación Financiera Nacional (CFN). El objetivo fue preparar a las participantes para que al salir en libertad pudieran encontrar una oportunidad.
Durante los ocho meses que duró su gestión a Soledad Rodríguez le bastó unir la disciplina, dedicación y paciencia para hacer realidad un sueño: devolver las ganas de vivir a las internas.
Debido al escaso apoyo por parte del Estado y de la Dirección Nacional de Rehabilitación, hasta el día de hoy, tan solo perdura la panadería.

No todo fue color de rosas

Sin embargo no todo fue color de rosas en el trabajo que Rodríguez llevó a cabo dentro de la Penitenciaría. Esa labor que ella veía como sacerdocio, se vio empañada en mayo del 2003 cuando el defensor del Pueblo, Claudio Mueckay, pidió la separación de Rodríguez como directora de la Penitenciaría.

Paradójicamente su destitución era por supuesta negligencia al no cumplir a cabalidad sus funciones en defensa de los derechos de los detenidos.

Según Mueckay, Rodríguez negó que en la cárcel se haya violado a un reo, situación que fue posteriormente comprobada.
Un mes después, surgiría otro cuestionamiento en contra de Rodríguez por parte de la Comisión de Derechos Humanos del Congreso presidida por la entonces diputada María Rivas. El propósito era identificar los problemas del sistema carcelario para encontrar soluciones. Durante el recorrido, asistieron además de Rivas, las ex diputadas Sandra Sandoval y Silvana Ibarra. La segunda oficializó la comparecencia ante el Congreso Nacional de Rodríguez, por el obstáculo inicial a visitar los lugares más deprimentes del centro de rehabilitación.

La titular de la Penitenciaría no dio importancia a la acusación y dijo entonces “no tener miedo al llamado al Congreso porque había demostrado un trabajo honesto”. Sandra Sandoval fue destituida en el 2005 por el delito de coyotaje.
Cuando han pasado tres meses de su desaparición -murió a los 52 años-, en la Penitenciaría sus compañeros prefieren recordarla en silencio. No quieren hablar del tema. Decir algo podría convertirse en una nueva sentencia de muerte, en un lugar donde las paredes tienen miles de oídos.

Fuente Diario Extra.


Author: Diseño Web Ecuador