Oct 07
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Niños viven una condena ajena .

El entorno penitenciario interfiere en el desarrollo integral de los infantes. Aunque ellos deben crecer junto a sus padres, los expertos recomiendan alejarlos de ese contexto porque, inconscientemente, imitan conductas del ambiente

Alrededor del foco se colocó una tela negra sostenida con cuatro alambres. Es una improvisada lámpara que sirve como “incubadora” para mantener “calientito” a Jairo, de 17 días de nacido.

No tiene cuna, pero su madre acomodó una cobija para acostarlo y lo abraza hacia su pecho para concentrar el poco calor.

Nancy (42 años), la madre, es una interna del pabellón “El Bosque”, en el Centro de Rehabilitación Social de Mujeres de El Inca (norte de Quito).

Desde hace cuatro años cumple una pena por tráfico de drogas. Su gestación, la vivió tras las rejas; el niño nació sietemesino.

“Trato de que mi hijo tenga lo que necesita. Mis compañeras me han ayudado para que esté cómodo, pero nunca es suficiente. Quiero que conozca un hogar normal”, comentó la mujer colombiana.

Solo en Quito, un total de 100 niños vive en este centro carcelario y aunque sus madres tratan de atenderlos “no es posible que tengan una formación integral”, afirmó Alexandra Ordóñez, presidenta del Comité de Internas.

“Los niños necesitan un hogar y un gran patio para jugar…”, añadió Sofía (28 años), reclusa del pabellón “El Dorado” desde hace dos años. La verdad no le duele y ella lo sabe muy bien: “Mi pena (10 años por robo) no tiene por qué pagarla mi hijo”, dijo, aunque admitió que está con ella porque no tiene con quién dejarlo.

A Sofía le gusta que su hijo Santiago (6 años) se mantenga activo. Entre las 10:00 y 11:00 salen al patio para jugar. De lejos, la mujer miraba colocar a su pequeño una silla en medio de un charco de agua. Luego el niño empezó a “remar” con un palo para alejarse del puerto “que imaginó” como si este estuviera representado por la cárcel.

“Quiero que mi mami me lleve al mar para pescar muchos peces”, gritó el menor.

En cambio, Cecilia (42 años) tiene 12 hijos. De estos, siete son jóvenes. Tres se encuentran en una fundación y dos viven con ella en el pabellón El Dorado.

“No pueden separarme de mis guaguas. Ellos me hacen compañía y no tienen a nadie más. Mi esposo está en la cárcel y no lo he vuelto a ver”, concluyó.

EL ESPECIALISTA

“Los hijos sufren la pena de la madre”

Para el psicólogo clínico Patricio Saltos, aunque los menores de edad vivan junto a sus madres y ellas se esmeren en trabajar para atender sus necesidades no es suficiente para su desarrollo: “Los niños que se encuentran en este ambiente viven la pena. Es decir, ellos viven y sufren la detención de la madre, no importa si se encuentran afuera o adentro de la cárcel”.

El experto indicó que los chicos también están inmersos en el hacinamiento. “En cada celda hay hasta cuatro personas y lo permitido son dos. Además hay otro problema sociocultural porque las mujeres más pobres son las que tienen más hijos”, expresó.

Saltos agregó que en un centro penitenciario los pequeños no tienen la posibilidad de explorar, correr, de saltar y eso les limita el desarrollo de sus habilidades psicomotrices.

A la larga se convierten en seres inseguros y malhumorados. Cuando los pequeños lloran para desfogarse terminan fastidiando a las compañeras de celda, quienes los mandan a callar y sus madres los castigan por su “mal comportamiento”. Otro factor que les afecta, según el profesional, es que las mujeres creen que sus hijos, por ser pequeños, no se dan cuenta de las cosas, pero se equivocan. “Los menores son muy sensibles y al estar en una fase de aprendizaje absorben actitudes, gestos y costumbres de ese entorno negativo y aunque no lo recuerden eso queda marcado de por vida”, finalizó. (GCA)

Meta de 2008: no más niños en la cárcel

El M. de Inclusión Económica y Social colabora con este proyecto

El Instituto Ecuatoriano de la Niñez y la Familia (Innfa) lleva adelante el proyecto “Niños libres”, que tiene como objetivo garantizar la atención integral de los menores de edad, hijos de padres y madres privados de la libertad.

Esta iniciativa tiene la meta de que hasta finales de 2008 ningún niño viva en los Centros de Rehabilitación Social del país.

Manuel Martínez, director ejecutivo del Innfa, explica que el trabajo se inicia dialogando con las madres para que, en forma voluntaria, encarguen su hijo a un familiar de confianza. Luego, en coordinación con educadores, se establecen planes de atención.

El proyecto cumplió su primera fase (desde 2006 hasta agosto de 2007) y reporta un total de 415 niños y adolescentes que ya no viven en las cárceles y son atendidos en fundaciones, y ONG de Guayaquil, Cuenca, Esmeraldas, Ibarra, Portoviejo, Quito y Machala.

Además, 202 menores reciben ayuda emocional y psicológica por parte de voluntarios en todo el país. (GCA)

Sí hay actividades para la distracción

El último viernes, en el Centro de Rehabilitación Social Femenino de Quito, se realizó un desfile de modas, organizado por las internas.

El evento contó con el apoyo de la Fundación Corazones Libres. Así las 519 mujeres presentaron el diseño de sus prendas, que las confeccionan en el taller de costura.

Carla (44 años) diseñó en una semana más de una docena de prendas para niños. Sus ganancias servirán para mantener a sus tres hijos: uno de 3 años que vive con ella y los otros dos, en Santo Domingo de los Colorados. (GCA)

El Ático inculca cariño con los juegos

Una educadora dice que las madres se desquitan con sus hijos

“La malicia no existe en sus corazones. Ellos no saben de condenas y aunque ignoran por qué duermen con su madre en un cuarto de 5×5 m, merecen aprender”, afirmó Vilma Pavón o “la tía Vilma”, maestra de El Ático, guardería de la cárcel de El Inca (Quito), que acoge a 25 pequeños de entre 5 meses y 4 años.

Catalina Gortaire, directora, explicó que mientras las madres van a clases en el colegio del centro de reclusión, las trabajadoras cuidan a los infantes. Les sirven desayuno, almuerzo, hacen tareas y realizan dinámicas en la sala de juegos.

Según Vilma, no hay vocación más grata que enseñar. En 15 años de labor ha percibido el sufrimiento de los niños: “Mi trabajo es darles cariño, sobre todo cuando sus madres los castigan. Ellas están frustradas y se desfogan con ellos”.

Lo más triste de su trabajo es ver que sus ex alumnas han sido detenidas y regresan con un niño en brazos, al que también lo cuidan.

Para Patricio Saltos, psicólogo clínico, esta situación es común ya que los niños asumen el encierro como una tradición. “Algunos ni siquiera tienen miedo a la cárcel”. De ahí que el experto recomendó mantenerlos fuera de ese ambiente. (GCA)

Fuente Diario Hoy.


Author: Diseño Web Ecuador