Con un gajo de pequeñas fundas de golosinas en sus manos, Andrés vigila el movimiento de los policÃas que cuidan la primera puerta de entrada a la PenitenciarÃa del Litoral.
Espera que sean las diez para, como todos los miércoles de visitas conyugales, cruzar aquella puerta por la que entró por primera vez con su padre hace cuatro años, para ayudarlo a vender confites caseros a los presos.
Desde el 2004, este niño de diez años, piel canela y cabello lacio, acude todos los miércoles y fines de semana a la “Peniâ€, para vender habas tostadas, melcochas, manà con sal y caramelo.
Los productos los elabora su padre en su casa de caña, ubicada a 10 minutos de la cárcel.
La vivienda está dentro de las 260 hectáreas que le pertenecieron a la PenitenciarÃa, hoy invadidas. Solo le quedan 60 de las 320 hectáreas y en 16 de ellas están el Centro de Detención Provisional (CDP), el nuevo pabellón de máxima seguridad (financiado por la Corporación de Seguridad Ciudadana de Guayaquil) y las cárceles de mujeres y varones.
Después de esperar tres horas sin identificación, Andrés ingresa con los vendedores de panes, naranjas, mangos, grosellas y otros productos, que llegaron desde las siete al penal.
Cuando entraron, todos ya habÃan ofrecido sus productos a los cientos de mujeres, niños y adolescentes -también hombres- que desde las 06:00 formaron una columna que, a las diez de la mañana, ya medÃa unos 200 metros.
A la cabeza de aquel enjambre humano, del que sobresalÃan mujeres con niños lactantes y jóvenes vestidas con seductoras minifaldas, pantalones a la cadera y blusas con escotes pronunciados, que dejaban ver parte de sus senos, estaba otro niño de 11 años. Bryan, como dijo llamarse, llegó antes de las seis, desde Daule, para visitar a su progenitor.
Aunque sentÃa temor porque su padre está a unos pasos del pabellón Cuarentena Bajo, donde hace dos semanas mataron a Éricka Castillo, debÃa entrar.
Los ingresos fraudulentos
Después de los vendedores comenzaron a entrar los visitantes, divididos en grupos de 50. Las visitas de los miércoles pueden llegar hasta las 6.000 personas y las de los fines de semana a 12.000.
Los grupos avanzan unos trescientos metros, por una calle de tierra, hasta la segunda puerta donde otros policÃas reciben sus cédulas, revisan sus paquetes y estampan dos sellos en el brazo derecho, como señal de que son visitas y vendedores.
Bryan ingresa con una señora que lo hace pasar como hijo y, tras decirle un tÃmido gracias, enfila hacia la celda de su padre. Andrés, en cambio, inicia sus ventas en el despintado y maloliente edificio administrativo de tres pisos (ex cárcel de mujeres), pregonando: “habas, habas. ManÃ, manÃâ€. Y sigue por los puestos de venta de comida preparada, junto a la pared donde empiezan los 27 pabellones de la cárcel de varones.
PolicÃas armados vigilan, desde los techos a los presos y la única puerta de ingreso al pasillo principal que conduce a 25 de los 27 pabellones.
Atenuado Alto y Atenuado Bajo, donde están los encausados por narcotráfico, tienen puertas independientes e instalaciones mejoradas con recursos propios. Los presos de ambos pabellones disfrutan de una pequeña cancha de fútbol, piscina inflable, salas de juego, televisión y aire acondicionado en cada habitación.
Antes de aquellos ingresos, una puerta de rejas flanqueada por mujeres y hombres guÃas, vestidos con trajes de camuflaje café, da acceso al resto de la cárcel. A los lados, dos placas de bronce reseñan que el 9 de octubre de 1954, durante la presidencia de José MarÃa Velasco Ibarra, comenzó a construirse lo que entonces llamaron el Instituto de Reeducación Social del Litoral.
Por aquella puerta que conduce a un ancho y largo pasillo, Andrés ingresa diciendo: “manÃ, manÃâ€. Las baldosas del piso están carcomidas por el agua que se filtra por la losa, durante el invierno. Parece un coladera.
Casi todos los que a esa hora, (11:00) ya han entrado a la cárcel de varones, que tiene 5.669 presos, avanzan veloces para reunirse con sus familiares o amigos. Andrés, en cambio, camina despacio buscando compradores.
No le sorprende el guÃa de cabeza semicalva y lentes, armado solo con un palo de madera, que a 100 metros del ingreso frena el paso de los presos. Él siempre ve a alguien parado en medio del pasillo, a no más de cinco metros del grupo de reos amenazantes, evitando que ellos se arremolinen en la puerta de ingreso.
Hacia el lado izquierdo de aquel guÃa está la entrada al primero de 12 patios y el pabellón de Choferes (232 presos). Sigue el ingreso al Comité de Internos, cuya puerta solo es abierta por un preso cuando llegaban las visitas.
Hacia el lado izquierdo, tres reclusos con enfermedades mentales purgan sus condenas en un corredor oscuro y cerrado. Elio Romero, Héctor Célleri y Teófilo GarcÃa Arévalo agarran los barrotes y recuestan sus cabezas despeinadas en las rejas. Dicen, a cada rato, que están en el infierno y que Satanás los persigue. No están muy alejados de la realidad.
Los tres reclusos están aislados porque acostumbraban a desnudarse durante los dÃas de visita y sus compañeros los agredÃan.
Andrés los ignora porque no tienen dinero y tampoco entra a Cuarentena Alta (252 reos) porque le da temor, pero se detiene en Cuarentena Baja (346). Estos son los únicos dos pabellones de la cárcel que no tienen celdas. Ambos, son un solo canchón, cuyos pisos están tapizados por colchones en hileras.
En Cuarentena Baja reposan presos con sus mujeres, a quienes abrazan, acarician y besan, a centÃmetros de otros reos que juegan cartas, fuman, miran televisión o comparten la comida servida en tarrinas. Sobre los colchones también habÃa niños dormidos o jugando como si estuviesen en un parque. RÃen, lloran…
El penetrante olor a desinfectante, refrescado por dos ventiladores de pared y dos de techo, provoca ardor en los ojos, en especial a quienes están sentados en las bancas de cemento del centro. Al fondo hay un baño con puerta de tela, una ruma de jabas de cola y una refrigeradora.
Y queda menos de un metro de ancho entre las bancas y los colchones para andar y, por allÃ, vendedores, entre ellos Andrés, se mueven ofreciendo manÃ, panes… hasta dar la vuelta y salir para encontrar nuevamente a los presos que ataja el guÃa.
Parece que todos aquellos hombres, la mayorÃa con cabellos crecidos, brazos tatuados y rostros amenazantes, esperan a alguien. Pero no era asÃ. Algunos buscan visitantes que accedan a darles 50 centavos o un dólar por cargar sus paquetes o llevarlos donde su familiar.
Andrés avanza por aquel pasillo de aire enrarecido, falto de iluminación, a cuyos costados los presos venden sandÃa, dulces, pollo, tortillas.. Si no fuese por las puertas enrejadas, los hombres tatuados y los guÃas, aquello serÃa una feria. El olor de la comida se mezcla con el que proviene de las alcantarillas destapadas de los patios y el humo de los cigarrillos.
Los 5.669 presos apenas son vigilados por 20 guÃas, de un total de 120 que tiene la cárcel divididos en tres turnos. Faltan quienes están en los hospitales, vigilando a los presos enfermos.
Por la falta de guÃas, son los caporales quienes controlan la entrada a los pabellones. En todos ellos, se escucha rap, rock hasta cánticos de los cristianos que, reunidos en torno a un pastor, oraban. ¡Aleluya! ¡Gloria a Dios!
Andrés llega, a las 14:30, hasta al fondo del pasillo que termina en una pared. Por los costados, se entra a los pabellones de “los polillas†(pobres) que no pueden pagar a un abogado. En ellos están mezclados inocentes y mulas del narcotráfico con criminales, drogadictos y asaltantes peligrosos.
Solo 14% están sentenciados
Según el conteo general del 9 de agosto, solo 839 reos (14.79%), de un total de 5.669 están condenados; los demás, como Jimmy Lalama RamÃrez que limpia las alcantarillas para ganar un dólar diario, esperan sentencia desde hace cuatro años.
Pasadas las 15:00, Andrés retorna por el mismo pasillo despintado, cuya losa de cemento sostenida por vigas prefabricadas, corroÃdas por el óxido, amenaza con caer sobre su cabeza.
Pero el ambiente descuidado de los patios y pasillo principal, de paredes huecas, cambia dentro de los pabellones, con excepción de los de Cuarentena. Las paredes fueron pintadas por autogestión de los presos. En los pasillos hay televisores, de cuyas antenas están sembrados los techos.
Las celdas de 2 metros por 4 también tienen baño para los cuatro reclusos que la comparten, pero solo dos camas. A esas celdas no entran los guÃas. Por eso nadie se da por enterado que allà también duermen mujeres y que en el pabellón C Alto hay un reo vive con su mujer y sus seis hijos: Eddy, de 4 años; Christian de 5; Ariel, de 6; Sebastián, de 10; Adolfo, de 12; Orlando de 14 y una niña de mes y medio de nacida.
A las cuatro, el enjambre humano que entró durante el dÃa, abandona el penal para dar paso al conteo de los reos. Andrés también sale en medio de la multitud con 10 dólares de las ventas en su bolsillo. El dÃa estuvo malo, dice. Espera que le vaya mejor hoy en ese mundo donde los presos dicen: “Aquà mandamos nosotrosâ€.
Fuente Diario Expreso.











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