May 06
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Colombianos quemados en Ecuador, una tragedia sin enterrar.

Por Camilo Argüello Benítez Ha pasado el mediodía del viernes 2 de mayo en Bogotá y en un salón cerrado de la Defensoría del Pueblo, José Héctor Hernández y su esposa Martha Lucía Quimbaya se enteran que la tragedia por la muerte de su hijo Héctor Fabián, a manos de un horda enfurecida que le prendió fuego amarrado a un tronco en plena Plaza Central de San Vicente, Ecuador, tardará en llegar a su final.

El defensor del Pueblo, Volmar Pérez, les acaba de anunciar que las pruebas de ADN practicadas al cadáver se tomarán 10 días más y que nada garantiza que este lapso de tiempo se prolongue nuevamente.

José se incorporó. Ya estaba bien. Miró la cara del Defensor y pareció entonces despertar por completo mientras Martha seguía en silencio. “Este calvario no terminará nunca”, dijo y en su cara se notó que lleva tanto tiempo pensando en ello que se vio cansado. “Nosotros lo que queremos hasta el momento es darle una cristiana sepultura, porque esto ya se convirtió en una pesadilla que nos descontroló a vida”, sostuvo.

En Bogotá, los padres del joven Héctor Fabián ya completaban 12 días, dos millones de pesos en gastos, más de una quincena sin trabajo y tres momentos imborrables: La visita al lugar donde fueron quemados vivos los dos colombianos el pasado 7 de abril, la negativa de las autoridades ecuatorianas cuando pretendieron regresar los restos a Colombia y el nuevo “pero” que impide, después de tanto tiempo, enterrar por fin esta tragedia.

Una llamada del despacho del Defensor los hizo salir de la casa el viernes pasado. Los días que prometió la Fiscalía ecuatoriana para corroborar el parentesco de José con alguno de los dos cuerpos se había vencido 8 días atrás; mientras tanto en Puerto Asís, Putumayo, María Elsy Ramírez, la madre del otro muchacho de 21 años, quien lo pudo reconocer de inmediato gracias a que las llamas no alcanzaron a tiznar algunas partes del rostro de Bernardo Franco Ramírez, espera la llegada del cadáver.

Para los familiares, los obstáculos del proceso no sólo se deben a la corta tecnología que disponen las autoridades del vecino país para el reconocimiento de los cuerpos, sino a las diferencias políticas por las que atraviesan las relaciones entre los dos países: “Esto es una retaliación por las relaciones tan tesas que viven los gobiernos”, dice José con resignación.

El Consulado de Colombia en Guayaquil, institución encargada de solicitar información sobre los avances de la investigación, le confirmó al Defensor la mala noticia que entregó la especialista en genética del caso.

Noticia prolongada
La noche del lunes 7 de abril, José preparaba un discurso para  la comunidad, como lo dispone su cargo de Presidente Comunal de Santana Ramos, un corregimiento de Puerto Asís. Mientras ayudaba a sus nietos con las tareas atendió el noticieron que registraba la información que en la bahía de San Vicente, en Ecuador, dos colombianos habían sido quemados vivos y frente a los ojos de una docena de policías impotentes y cientos de personas del pueblo. La tragedia llamó ingenuamente la atención de José y su hija mayor quienes vieron el hombre de Héctor Fabián Hernández Quimbaya como una de las víctimas.

Durante un minuto José observó la imagen reflejada en la pantalla: era una fotocopia de la cédula de ciudadanía de su hijo encontrada en el bolsillo de uno de los cuerpos. Hoy, al recordar este momento un mes después, las ojeras y palidez de su rostro, los cabellos enmarañados sin forma que hacían ver su cabeza demasiado grande y como una pelusa áspera, terminan por darle un aire pintoresco y ridículo.

El drama
José llegó el sábado 12 a Algeciras para enterarse de lo sucedido. Lo único que sabía es que uno de los muchachos con quien andaba Héctor, un vecino, también había desaparecido.

Allí lo recibió Martha para explicarle del viaje programado por Héctor desde Puerto Asis, tres días antes, hacia Neiva donde pediría una nueva contraseña. “Cuando estuvo en Algeciras perdió la cédula y después refundió la contraseña también, entonces dijo que viajaba para volver a pedir los papeles”, recuerda Martha.

Héctor, el apasionado por el fútbol y las motos, el muchacho que trabajaba con su cuñado en un taller de mecánica en Puerto Asís, tenía como único documento de identidad la fotocopia de su primera cédula, el mismo papel a blanco y negro que apareció en los medios de comunicación y por el cual se pudo identificar, pues era imposible reconocerlo a primera vista.

Una notificación de la Cancillería colombiana les informó que una persona podía viajar sin costo hasta Guayaquil para reconocer el cuerpo. José viajó durante seis horas para llegar a Bogotá y de ahí viajar  rumbo a Quito. Allí lo recibió  el cónsul Henry Javier Arias, acompañado de doña María Elsy Ramírez, la madre del otro colombiano.

Fueron necesarias más horas de camino por tierra hasta Guayaquil, donde emprendieron un camino destapado y pedregoso que debieron recorrer escoltados por una camioneta con seis agentes armados de la policía ecuatoriana, hasta la provincia de Malabí, “para evitar que se presentaran problemas de orden público por llegar los familiares, esa fue la explicación técnica que nos dieron”, cuenta José.

El recorrido terminó a las 8 de a noche del domingo 13. Tanto José como María fueron alojados en un Hotel de San Vicente y el rumor de su presencia ya se escuchaba por las calles. “La gente nos miraba con recelo, unos apenados y otros con odio. Yo hasta ese lunes había evitado ver los noticieros, los recortes de prensa y le dije a la Fiscalía si era posible obviar esa parte, pero dijeron que parte del proceso era ese”, dice José.

En la mañana del lunes, dos policías los recogieron para llevarlos a la morgue. “La fiscal autoriza que saquen los cuerpos. A mi hijo lo tenían envuelto en una bolsa negra forrada en cinta”.

Rompieron el caucho. Los ojos y la boca era lo que le daban aire trágico. Trasladaron el cuerpo a una bandeja y preguntaron si ese es su hijo. José no logró reconocerlo, sin embargo “por la estatura, la complexión y una parte del mentón parece que fuera él, pero ya está muy calcinado. No puede decir que fuera mi hijo”, y así quedó en la diligencia.

“Cuando sacan al otro, la señora lo reconoce del inmediato aunque de él no habían documentos, además no quedó del todo quemado y pudo reconocerlo por los rasgos físicos y las formas de los dientes y en el momento que lo vio, no lo pensó dos veces y dijo ‘este es mi hijo y se echó a llorar”, narra José.

Enseguida, José y Marta llegaron a la Fiscalía donde los interrogaron durante tres horas. Pero luego, antes de volver al hotel y entregar las pruebas de sangre para las prácticas del ADN deciden visitar la plaza donde fueron quemados los dos colombianos.

José cuenta que ese día el viento soplaba con fuerza y lo había estado haciendo cincuenta días así, día y noche. No encontró nada en la Plaza y se extrañó de ello, pero siguió buscando entre los broncos destruidos por el fuego y las astillas tiznadas: ninguna señal que le ayudara a identificar algo de Héctor.

“Nosotros regresamos en la noche del lunes. Salimos de San Vicente escoltados y llegamos a Guayaquil a las 2 de la mañana”. Hasta ese momento, el único problema eran conseguir los dos mil dólares que costaban las pruebas, monto que pagó la Defensoría del Pueblo.

El calvario

“Ese viaje terminó el 15 de abril,  han pasado 20 días” se queja José dispuesto a regresar a sus labores diarias y esperar, sin más peticiones, que una llamada indique la repatriación de los restos.

Y aunque José no pudo identificar a Héctor, sabe que el hecho de que no exista señal de vida hasta el momento, y que la fotocopia de la cédula acompañara a uno de los cuerpos, son la seña para saber que su hijo está muerto en Ecuador.

“Ahora llamamos al Consulado de Colombia en Guayaquil y nos dijeron que las primeras muestras no sirvieron y por ese motivo hubo que tomar otras muestras”, sostuvo Martha a quien le explicaron que el nuevo procedimiento será sustraer del corazón un tejido que permita su identificación.

José y Martha no descartan que los dos muchachos hayan sido ilusionados para que robaran a un comerciante. “La vida de Fabián, mientras vivía en Algeciras, era normal, no tenía prontuario delictivo, no estaba reseñado, ese muchacho nunca fue a la cárcel y sus amigos vivían al frente. Nosotros no descartamos que, de pronto, fueron ilusionados, esto ha sido todo un calvario”, admite la madre del muchacho.

De lograrse aclarar la identidad de los cuerpos, la repatriación sería un hecho este viernes en Bogotá, de donde serían enviados a Neiva y Putumayo y las familias entierren así por fin su tragedia.

Noticia tomada del Diario El Colombiano.


Author: Diseño Web Ecuador