Aug 25
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¡Así encontramos al “Dandy”!

Una llamada telefónica anónima nos alertó del paradero de Fuentes Montoya. Era la casa de su tía Norma, quien no estaba en su hogar en el momento de la captura.

Las tardes en las redacciones de los periódicos son vertiginosas debido a los cierres de edición.
Los periodistas estamos concentrados corrigiendo páginas, contrastando información y plasmando las últimas pinceladas de creatividad en nuestras crónicas.

En esa labor me encontraba a las 13:30 del jueves cuando el editor general de EXTRA, Henry Holguín, me dio una noticia que me dejó pasmado. Una nerviosa señora había llamado a una funcionaria del Departamento de Circulación del periódico para informar sobre el paradero del más nefasto personaje de la crónica roja en los últimos meses: Teófilo Carlos Fuentes Montoya, guayaquileño de 29 años, conocido como el “Dandy” o “El embalador de cadáveres”, el responsable del asesinato del ingeniero mecánico quiteño Galo Omar Sánchez Quiroz el 27 de julio pasado en los condominios Cordillera de la Capital.
El mensaje que dejó fue simple: “Ustedes buscan al “Dandy’. Está en la casa de su tía Norma Montoya, en Sauces 6. El número de teléfono es…”, y colgó.

Faltaba lo más importante: la dirección exacta donde podía buscarlo. Inmediatamente me comuniqué con el servicio de información 104, donde me facilitaron el nombre de la propietaria de la villa y su ubicación exacta.
Tomé el teléfono y hablé con el capitán Fausto Herrera, jefe de Homicidios de la Policía Judicial del Guayas, a quien convencí de que los datos proporcionados eran verídicos. “¿Seguro? En este momento nos movilizamos, esperé a un equipo de agentes a la entrada de Sauces 6″.

Eran las 14:00 cuando llegué con el equipo de EXTRA al restaurante de pollos “El Encanto”, en la avenida Isidro Ayora Cueva. Sin embargo, tenía la necesidad de ver el inmueble con mis propios ojos, tener la certeza de que “la informante” no se había equivocado y que tampoco estaba a punto de invadir la casa equivocada.

Caminé cinco cuadras, desde la panadería California, por la calle Enrique Grau Ruiz, y me perdí entre ese laberinto de viviendas enrejadas, en el que se ha convertido el sector del norte de la urbe, buscando la manzana 264.
Las manijas del reloj marcaban las 14:30 y los agentes del Grupo de Apoyo Operacional (GAO) no aparecían. Dentro del vehículo del Diario estuve alerta de que los uniformados lleguen al sitio, hasta que ubiqué el objetivo.
El escondite de Fuentes era una modesta casa de color crema, ubicada frente a un parque lleno de niños con sus madres y totalmente asegurada. Parecía que no había nadie viviendo ahí. Cuando preguntaba sobre las personas que habitaban en la villa 24, los vecinos me miraban con ojos inquisidores y sospechosos.

Cuando regresé al lugar, a las 15:00, los agentes habían llegado. Les mostré el domicilio y comenzó una larga espera, ya que no podíamos invadir una propiedad privada sin una orden de allanamiento firmada por el juez I de lo Penal, Ángel Rubio, quien estuvo de turno esa tarde.
Los policías me recomendaron no acercarme al lugar para no alarmar a los moradores, situación que podría echar a perder el operativo. Estacionamos el vehículo en una calle desolada y empezó la larga espera, junto al reportero César Contreras y el fotógrafo Christian Vinueza.

En este país, conseguir una orden de allanamiento es un vía crucis. Primero debía esperar que la Policía solicite a la Fiscalía el documento judicial para que el fiscal de turno, Rosendo Merino Carrillo, lo haga firmar del juez Rubio.
Este proceso podría tomar horas e incluso días por lo burocrático del trámite.

Con la orden en las manos, la Policía podía utilizar la fuerza para capturar al “Dandy”. Escribir el párrafo me tomó unos cuantos segundos, pero la espera fue larga y tediosa. Mi presencia, y la de los agentes encubiertos, despertó la incomodidad de los moradores, quienes recelosos espiaban por las cortinas de sus aseguradas casas para enterarse de lo que pasaba.
El subteniente Rubén Terán Flores, a cargo del operativo, me pedía paciencia. El problema era que el “Dandy” podía fugarse y todo podría derrumbarse.

Me tranquilicé un poco al saber que una pareja de policías encubiertos vigilaba la casa, simulando ser unos apasionados novios que se devoraban a besos frente a la villa de doña Norma.

La idea de que exista una equivocación en la dirección o en la identidad de la tía de Carlos no me dejaba tranquilo. Sabía que el capitán Herrera y sus subalternos se jugaban el puesto por armar un operativo de esa envergadura solo por una llamada anónima y datos inexactos.

La impaciencia hizo que insista con el juez y el fiscal para que agiliten los trámites, los cuales estuvieron listos a las 16:50.
Pero ahí no terminó todo. Todavía tenía que aguardar que lleguen los miembros del GAO y del Grupo de Intervención y Rescate (GIR) para que abran las puertas.

Esto ocurrió a las 19:15, hora en la que se acordonó toda la manzana en medio del susto de los moradores. Los agentes llegaron en cuatro camionetas (dos Path Finder y dos Dimax). Corrieron hasta el parque por un callejón abierto y rodearon la vivienda. Las madres llamaban a gritos a sus hijos y los vecinos salieron para ver el operativo.
Primero, uno de los encubiertos escaló por las paredes de la casa contigua buscando un agujero que les permitiera entrar por sorpresa. Lo acompañaron dos policías.

Esos pocos minutos de espera se convirtieron en siglos pensando en que la menor equivocación me traería problemas con mi amigo Editor, caleño de cepa. Escuchaba en mi mente la típica frase “entonces qué pues…tanto tiempo perdido para no encontrar nada… ¡No joda!”.

El agente entró a la casa y todo estaba oscuro. Prendió la luz y se encontró cara a cara con el “Dandy”, quien se puso el dedo en la boca y le pidió que se callara. Ahí lo agarró de la cabeza.
Por fin se dio la orden y la Policía tumbó la puerta con un mazo de acero. Entré rápidamente a la vivienda y vi un hombre acostado en la sala en medio de las tinieblas. Las luces se encendieron y me encontré con la mirada perdida de Carlos Fuentes Montoya. Los agentes lo esposaron y le levantaron la cabeza con rudeza.

Sabía que estaba frente al sujeto sobre el que había escrito dos semanas seguidas. Conocía algunos rasgos de su personalidad, su amor inmenso a su madre y lo doloroso que fue para él perder a su padre. Recordé que se hacía pasar por ingeniero industrial y que frecuentaba lujosos sitios. Que robaba carros y que los vendía como si fueran de su propiedad falsificando papeles. Incluso que había participado en el asesinato del dueño de la casa deportiva Protennis, Marcelo Donoso Aguilar.
Le pregunté si trabajaba solo y me respondió que sí. “Quiero a mi abogado, no me agarren la cabeza”, repetía, pero atendía a mis preguntas. Mientras se quitaba los zapatos, relataba que estaba solo en esa casa en la que se escondió “desde el martes pasado”, luego de que regresó de Cali, donde escapó luego de matar a Sánchez Quiroz y robar su vehículo, el cual intentó venderlo a otra de sus víctimas. Ya conocía el procedimiento policial, pues estuvo preso anteriormente por la muerte de Donoso en el año 2000, pero salió por no tener sentencia.

Recorrí el lugar donde vivió sus últimas horas de libertad. El baño estaba sucio y había un fuerte olor a tabaco.
El cuarto en el que dormía estaba revuelto y sus pertenencias en el piso. Había cenado recién un pedazo de pan con sardinas y fumado al menos una cajetilla de sus infaltables cigarrillos Marlboro rojos.
Mi corazón aumentó sus latidos cuando abrí una de las cómodas, donde encontré ejemplares de EXTRA que contenían noticias escritas por mí y las fotos que conseguí de él, con smoking y abrazando a su novia, la colombiana Yahaira Cárdenas, apegado a un BMW del año y junto a varios de sus amigos.

Es indudable que se sentía una estrella porque sonreía cuando lo llamaban “Dandy”. Se puso los zapatos y salió de su refugio en medio de la sorpresa de toda la manzana.
Cuando se subió a la patrulla, la nostalgia me invadió. Había ayudado a capturar a uno de los personajes más buscados por la Policía, pero la cosa no terminaba ahí.

Ojalá y no me lo encuentre por las calles guayacas luego de varios meses (o años) por la lentitud de la justicia en dictar la sentencia o por la facilidad de escape en la Penitenciaría del Litoral.

Fuente Diario Extra.


Author: Diseño Web Ecuador