Ni siquiera la vieja partidocracia ni sus aliados se atreven, en estos momentos, a negar la necesidad de un cambio polÃtico radical. Avergonzados por el repudio popular, hoy se cuidan de defender en público el viejo sistema. Siendo asÃ, no se entiende por qué la mayorÃa de la Asamblea Constituyente insiste en atropellar el marco jurÃdico. Llegaron al poder con un apoyo inusitado, asà que podrÃan imponer sus resoluciones sin mayor esfuerzo, pero quieren hacerlo con un método que siembra enormes dudas.
De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, una dictadura es el “gobierno que, bajo condiciones, excepcionales, prescinde de una parte, mayor o menor, del orden jurÃdico para ejercer la autoridad en un paÃsâ€. Obsérvese que no hay ninguna carga moral o ética en esta definición. Se mencionan solo hechos objetivos: una dictadura prescinde de la legislación vigente. Eso es todo.
Eso es lo que hoy está ocurriendo en el Ecuador. Se desconoce la Constitución, se pisotea el Estatuto que los electores aprobaron y se le da la espalda a los términos en que el Tribunal Constitucional convalidó la convocatoria a la consulta que dio nacimiento a la Asamblea. Los asambleÃstas no tendrán que rendir cuentas a ningún organismo de control y podrán dictar órdenes a todos los funcionarios estatales.
Insistimos en que nada de esto se justifica ni es necesario porque la mayorÃa de los ciudadanos anhela el cambio. En cambio, si mañana la Asamblea adoptase una decisión equivocada, ni sus integrantes se darán cuenta, porque nadie tendrá autoridad para advertÃrselos.
TodavÃa hay tiempo para rectificar. Que se eviten los atropellos que mañana serán el pretexto para que los enemigos de la transformación echen atrás cualquier resolución justa o conveniente. De lo contrario, los cimientos de la nueva Constitución serán tan frágiles que esta podrÃa derrumbarse tan pronto el péndulo polÃtico gire en otra dirección.
Fuente Diario El Universo.











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