Mar 17
Digg
Stumbleupon
Technorati
Delicious

Dos miradas.

No hay nada más elocuente que una mirada. Sobre todo cuando esta logra traspasar las fronteras convencionales y reflejarnos el alma de quien nos mira. Hay miradas seductoras y las hay demoledoras. Desde hace unos días me trasnochan dos miradas fulminantes. La primera de ellas ya la conocemos: me refiero a la mirada de boxeador que le propina el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, al presidente Uribe en el momento en que este último estrecha su mano en ese reality diplomático que se vio por televisión emitido desde Santo Domingo.

La otra es la mirada altiva de Silda Wall, la esposa engañada del gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, el día en que su marido presenta su renuncia y admite públicamente que le ha sido infiel con una prostituta que cobraba por polvo cuatro mil dólares larguitos. Lo que más me sorprendió de la mirada de la esposa del gobernador fue el efecto que causó entre mis amigos, hombres y mujeres, quienes al unísono consideraron que una mujer así debía valer todo el oro del mundo, como si a las esposas de los hombres públicos no les estuviera dado salir ofuscadas, ni furiosas, que es como debía de estar la pobre Silda Wall en ese momento.

Las dos son miradas que ahorraron mil palabras, aunque son distintas. La forma como el presidente Correa mira a Uribe le recuerda a uno la expresión de Cassius Clay antes del pesaje. Es una mirada de furia, de ira represada, similar a la del pugilista que piensa que la pelea está por comenzar, aunque en este caso muchos piensen que ya terminó. De hecho, no ha terminado. Hasta el momento, las relaciones con Ecuador siguen sin restablecerse. El último pronunciamiento de Correa ante la OEA no es precisamente una invitación a tomar el té con Uribe, y el director de la oficina de desplazados de Ecuador ha dicho que no solo las Farc están en territorio ecuatoriano: también las ‘Águilas negras’.

La mirada de Silda Wall, en cambio, es profundamente conmovedora. Uno no sabe si esa altivez con que posa sus ojos en su marido infiel es porque quiere cobrarle ante el mundo su pecado o porque realmente quiere apoyarlo en semejante trance, al igual que lo hizo Hillary cuando supo que su marido practicaba sexo oral con una becaria de la Casa Blanca mientras ella se ocupaba de que a Clinton le fuera bien en el gobierno.

Sin embargo, las de Correa y Wall terminan diciéndonos lo mismo cuando se trata del tema espinoso de la confianza en las relaciones: la mirada de Silda Wall es la de una mujer que ha decidido lidiar a su marido, pero no ante las cámaras, sino en las fronteras de su recámara y de su intimidad. Quizás allí haya abandonado la compostura con que se la vio públicamente y haya cantado las de San Quintín -como dicen que lo hizo Hillary en su momento- hasta descomponerse y desarreglarse. Me pregunto si semejante compostura, que tanto agrada a la opinión y que a mí me desagrada, se hubiera producido si el infiel no hubiera sido él sino ella. ¿Qué habría pasado si fuera ella quien se hubiera acostado con muchachitos hermosos por un atado de dólares? Pues que Mr. Eliot habría puesto la cara de Correa ante Uribe, que al fin de cuentas es una mirada de un hombre que experimenta la desazón y la desconfianza que dejan las infidelidades.

Una y otro saben que su territorio ha sido violado y que el perdón público no es suficiente. La procesión va por dentro. Claro que Uribe también siente que Correa le puso los cuernos, así su mirada lo disimule. O sea que las relaciones de Colombia y Ecuador están más rotas que las del matrimonio aquel; no hay que engañarnos.

Uno aspiraría a que, detrás de esa mirada contenida de furia e indignación, Correa tuviera la templanza de ordenar las cosas en su casa, como si fuera la Wall, y osara cobrarle a su superministro Larrea sus relaciones peligrosas con las Farc. Y a que este y Uribe arreglen sus asuntos, pero de puertas para dentro, sin la mirada de los camarógrafos.

María Jimena Duzán

Editorial tomado del Diario El Tiempo.


Author: Diseño Web Ecuador